Alejandra López Martínez
De acuerdo con el INEGI, el 70% de las mujeres en México ha vivido algún tipo de violencia a lo largo de su vida. Es probable que parte del porcentaje restante haya normalizado ciertos actos y no los reconozca como violencia. Mientras tanto, sectores de hombres se dicen “vulnerados por el crecimiento del feminismo”, y en respuesta, han formado comunidades que difunden discursos de odio en internet: la llamada manosfera.
Este fenómeno no solo ataca a mujeres a quienes consideran “excesivamente empoderadas”, sino que también violenta a masculinidades no hegemónicas y a integrantes de la comunidad LGBTIQ+. Su discurso se propaga rápidamente a través de influencers que enmascaran la misoginia como defensa de derechos. El impacto es especialmente grave entre adolescentes y niños, en plena etapa de formación identitaria.
Es importante subrayar: perder privilegios no es ser discriminado. Dejar de tolerar comentarios sexistas en el entorno laboral no es censura. Y no ejercer la paternidad no constituye un derecho reproductivo masculino.
Además, la manosfera se escuda en el anonimato que ofrecen las redes sociales. En este entorno digital, ejercer violencia está a un clic de distancia y se potencia con herramientas como la inteligencia artificial, que puede producir deepfakes para sexualizar y denigrar a mujeres o difundir información falsa con una aparente veracidad que rara vez se cuestiona.
La violencia digital contra las mujeres es un problema urgente. A pesar de avances legales importantes —como el reconocimiento del feminicidio en el Código Penal Federal, la Ley General de Acceso de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia, la Ley Olimpia y la Ley Ingrid— la violencia digital no solo persiste, sino que se ha vuelto más sofisticada.
Según el INEGI (2021), 9.7 millones de mujeres mexicanas mayores de 12 años han sido víctimas de ciberacoso, una cifra superior a la de los hombres. El 72.3% de estas víctimas tiene estudios universitarios y entre 18 y 30 años, lo que demuestra que ni la educación ni la juventud son factores de protección. En más del 80% de los casos, el agresor es alguien conocido, lo que incrementa la revictimización y reduce las denuncias.
Las formas de violencia digital incluyen desde la difusión de contenido íntimo sin consentimiento, hasta hostigamiento sexual y amenazas de difusión. Este tipo de violencia impacta directamente en la autoestima, la reputación, la salud emocional y el ejercicio de derechos políticos y sociales, generando autocensura, retraimiento digital y pérdida de oportunidades profesionales.
La violencia digital no solo daña a las víctimas, también debilita a toda la sociedad al excluir y despolitizar a las mujeres. Si los algoritmos y plataformas digitales no se diseñan con perspectiva de género, tienden a replicar y amplificar las desigualdades existentes. Sin embargo, más allá de prohibir y censurar, preguntémonos ¿cuáles estructuras sociales han permitido que esto suceda y qué podemos hacer para cambiarlo?
