La deuda histórica con las mujeres en la cultura

Alejandra López Martínez

En la conferencia del 23 de octubre de 2025, el director del Fondo de Cultura Económica (FCE), Paco Ignacio Taibo II, realizó declaraciones desafortunadas sobre una colección que el FCE lanzaría próximamente. De los 27 títulos previstos, solo 7 serían de autoras. “Porque si partimos de la cuota, dices: bueno, un poemario escrito por una mujer horriblemente asqueroso de malo, por el hecho de ser escrito por una mujer, no merece que se lo mandemos a una sala comunitaria en mitad de Guanajuato. ¿Por qué hay que castigarlos con ese libro de poesía?”, dijo. La presidenta, de pie detrás de él, se rió.

Las mujeres han sido históricamente borradas de la cultura, como en tantos otros ámbitos profesionales. Muchas tuvieron que publicar bajo seudónimos masculinos o vieron cómo sus esposos se apropiaban de sus obras, presentándolas como propias, porque nadie creería que habían sido escritas por una mujer.

Las escritoras han sido pocas, no por falta de talento, sino por un sistema que las marginó y dudó de su inteligencia y capacidad creativa. ¿Cómo podría una mujer —según esa lógica— escribir un poemario que no fuera “asqueroso de malo”? ¿Por qué habría de publicarse a una señora? A esto se suma la falta de tiempo para escribir, la carencia de educación formal o, como señalaba Virginia Woolf, la ausencia de un cuarto propio: tiempo, autonomía económica y espacio libre para expresarse. No es casualidad que, en 124 años, solo 18 mujeres hayan ganado el Premio Nobel de Literatura.

En estos días, con el próximo estreno de la película Frankenstein de Guillermo del Toro, es oportuno recordar a su autora, Mary Shelley. A los 18 años, durante un viaje con su prometido Percy Shelley y Lord Byron, acordaron escribir la mejor historia de terror. Ella ganó. Durante mucho tiempo se creyó que el libro lo había escrito su esposo.

Dudar de las capacidades de una mujer es una idea tan rancia que parecería que nadie la celebra ya… excepto la presidenta. Aunque prometió impulsar una colección dedicada exclusivamente a autoras, no condenó las declaraciones misóginas de Taibo —un personaje heredado de la administración pasada que, como otros, le pesa como un costal de piedras—.

Reírse es la estrategia de la cool girl: la que se dice feminista “pero no odia a los hombres”, la que es “dialogante”, la que busca agradar. Sin embargo, no condenar y dejar pasar pesa más que sus vestidos violetas del 15 de septiembre o los gestos simbólicos de nombrar a las heroínas de la independencia. Su risa nerviosa revela cómo, por evitar la confrontación, terminamos una vez más sometidas al patriarcado que se resiste a reconocer la lucha de las mujeres en la cultura y reduce nuestros esfuerzos a mera retórica.

Afortunadamente, muchas mujeres del ámbito cultural —escritoras, editoras, gestoras— han señalado lo ocurrido y han elaborado listas de autoras que debemos leer, aunque no sean publicadas por el Fondo. Porque la deuda histórica con las mujeres en la cultura no se salda con gestos, sino con acción, reconocimiento y espacio real.

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