
En el tianguis de San Martín Texmelucan no hace falta explicar quién es Pablo Minor Alonso.
Su nombre se reconoce entre pasillos, entre puestos, entre quienes llegan cada martes a vender o a comprar.
No es una figura oficial, no trae nombramiento, pero su presencia pesa.
Se nota en la forma en que la gente habla de él, en voz baja, midiendo palabras, como quien sabe que no es buena idea equivocarse.
Ahí, en ese mercado que mueve a miles de personas cada semana, lo que se dice es sencillo: hay cuotas, hay presión y hay consecuencias.
No es algo que haya empezado ayer ni que dependa de una sola versión. Son años de señalamientos que coinciden en lo mismo: cobro de piso, amenazas y control de espacios.
La dinámica es conocida
Hay zonas del tianguis donde, según comerciantes, nadie se instala sin pagar.
No se trata de una cooperación voluntaria ni de una organización formal. Es dinero que se exige y que, según testimonios retomados en distintos momentos por medios locales, se cobra de manera constante.
El que no entra, se expone
Primero vienen las advertencias, luego los empujones, después los golpes. Así lo cuentan quienes han tenido que vivirlo.
Durante mucho tiempo eso se quedó en lo que suele pasar en estos casos: comentarios, denuncias que no avanzan y miedo a hablar abiertamente.
Pero en marzo de 2024 algo cambió. Alguien grabó.
El video es directo. Se ve a Pablo Minor Alonso llegar a un puesto, discutir y golpear a un comerciante. No hay intento de ocultarse, no hay prisa por irse.
Después de la agresión, camina unos pasos y encara a otra persona. Va acompañado. No está solo.
Lo que muestra la grabación no es un arrebato, es una forma de actuar.
Las imágenes circularon por redes, llegaron a portales informativos, generaron indignación.
Comerciantes aprovecharon para denunciar que esa escena no era excepcional, que era parte de lo que ocurre semana tras semana en distintas áreas del tianguis.
Dijeron que las visitas para cobrar, para presionar, para “poner orden”, son constantes.
La reacción institucional no estuvo a la altura del impacto. No hubo un mensaje claro que marcara un límite. Y cuando eso pasa, el mensaje que queda es otro: que todo puede seguir igual.
Ese mismo año, varias agrupaciones de comerciantes decidieron dar un paso más y lo desconocieron públicamente como líder.

No fue un gesto menor
Hablar de frente en un entorno así implica riesgo. En su pronunciamiento señalaron abusos, atropellos y una situación que, dijeron, llevaba demasiado tiempo sin resolverse.
Pidieron la intervención de autoridades estatales. El llamado fue claro, la respuesta no tanto.
Pero el historial de Pablo Minor Alonso no se construye sólo con lo reciente. Desde 2015 ya había sido detenido por señalamientos de fraude y despojo.
El caso no dejó consecuencias visibles que cambiaran su forma de operar. Siguió presente en el tianguis, siguió moviéndose en los mismos espacios.
A lo largo de los años también han aparecido denuncias por despojo de propiedades. Uno de los casos más mencionados es el de un inmueble en Puebla capital, donde se le señaló por utilizar documentación irregular para apropiarse del lugar.
Son asuntos que aparecen, se discuten, pero no terminan de cerrarse con una resolución que marque un antes y un después.
En medio de todo eso, su paso por espacios políticos y su relación con actores públicos han alimentado otra percepción entre comerciantes: que no se mueve solo y que sabe con quién hablar cuando hay problemas.
Esa idea, más allá de si se comprueba o no, pesa en la forma en que la gente decide si denuncia o guarda silencio.
En septiembre de 2022, su nombre apareció ligado a un caso que encendió alarmas más allá del tianguis. Fue una de las últimas personas en ver con vida a una joven que horas después fue encontrada muerta.
Él difundió un video para deslindarse, habló de ataques en su contra y ofreció condolencias.
El caso no se esclareció públicamente y quedó una sensación incómoda: muchas preguntas, pocas respuestas.
Sin embargo, el episodio más grave, por el nivel de violencia, ocurrió en octubre de 2025. Un grupo de personas retuvo a tres mujeres dentro del tianguis, las golpeó, las desnudó y las obligó a caminar sin ropa entre los pasillos.
Hubo agresiones sexuales. Todo ocurrió frente a otros comerciantes, frente a clientes, en un espacio abierto.
Lo que más indignó no fue sólo lo que hicieron quienes participaron, sino lo que no hizo la autoridad. La policía municipal no intervino como debía. Las víctimas no fueron llevadas ante una instancia oficial de inmediato.
Se habló de que fueron entregadas a particulares. En ese contexto, los señalamientos volvieron a apuntar hacia las zonas controladas por el grupo de Minor.
Ese episodio dejó claro que el problema ya no es sólo de control o de cobro de cuotas. Es un asunto de violencia que puede escalar sin que haya una respuesta inmediata.
Aun así, el patrón no cambió
En abril de 2026, el nombre de Pablo Minor Alonso apareció en un registro oficial: fue detenido en Tlaxcala por su probable participación en el robo de un vehículo.
Fue trasladado a la fiscalía. Para muchos, era la primera señal de que algo podía moverse.
No duró. Dos días después estaba libre. No hubo una explicación clara que detallara qué pasó, bajo qué condiciones salió o qué sigue en su situación legal. Ok
Lo único que se supo, fue que regresó.
Y con ese regreso vinieron más señalamientos.
Una mujer denunció públicamente que acudió a su domicilio y la amenazó. Difundió videos de cámaras de seguridad. Pidió ayuda. La respuesta institucional, otra vez, no fue contundente.
Así es como se va armando la historia. No con un solo hecho, sino con la repetición.
Denuncias que se acumulan, videos que evidencian, detenciones que no cambian el fondo y una presencia constante en el mismo lugar.
Para quienes trabajan en el tianguis de San Martín Texmelucan, esto no es un reportaje, es su realidad. Es decidir cada semana si pagar, si hablar, si grabar o si quedarse callado. Es ver que, pase lo que pase, la persona señalada sigue ahí.
Y en ese contexto, lo que termina pesando no es sólo lo que se dice de Pablo Minor Alonso, sino lo que no pasa después. Porque cuando los hechos se repiten y no hay consecuencias claras, lo que crece no es sólo el problema, es la sensación de que nadie lo va a frenar.
