
La masonería ha sido durante siglos un foco de misterio y especulación. Su carácter secreto, sus jerarquías y rituales antiguos han alimentado teorías que la sitúan como motor de revoluciones y manipuladora de la historia mundial. En América Latina, el mito más difundido es que la masonería fue decisiva en las guerras de independencia, con los grandes libertadores como miembros activos de sus logias. Sin embargo, los documentos históricos muestran un panorama más matizado.
La historiografía confirma que Simón Bolívar fue el único libertador con pruebas claras de pertenencia masónica. Ingresó en la Logia de San Alejandro de Escocia en París en 1806, pero no existen registros de que la masonería influyera directamente en sus ideas o decisiones políticas. Otros héroes de la independencia, como José de San Martín o Bernardo O’Higgins, son asociados a la masonería más por leyenda que por evidencia. De hecho, la propaganda masónica posterior a los centenarios de independencia contribuyó a crear la percepción de que todos los próceres eran masones, cuando en realidad el vínculo era casi inexistente.
La llegada de la masonería a América Latina se produjo principalmente desde el Caribe y Europa durante el siglo XVIII, en un contexto donde los imperios coloniales tenían logias casi exclusivas de miembros europeos. Su influencia en España fue limitada, prohibida desde 1751, y perseguida por la Inquisición. No obstante, el modelo asociativo masónico sirvió como referencia para la creación de sociedades secretas locales que ayudaron a las élites criollas a organizarse durante las crisis coloniales. Un ejemplo destacado es la Logia Lautaro, que operó en Buenos Aires, Santiago de Chile y otras ciudades, sirviendo como plataforma de coordinación para las élites revolucionarias, aunque no todos sus integrantes fueran masones.
El investigador Felipe del Solar explica que estas sociedades secretas no provocaron la independencia por sí mismas, pero contribuyeron a que los cambios fueran sostenibles. En países como México, la masonería consolidó su influencia política durante el siglo XIX, con figuras como Benito Juárez, pionero de leyes laicas, como símbolo de un poder masónico legítimo y abierto. En Cuba, el desarrollo de logias significativas no se produjo hasta fines del siglo XIX, cuando el país buscaba su emancipación definitiva.

En resumen, la masonería ofreció un modelo de organización y una red de contactos que facilitó la coordinación de ciertas élites, pero no fue la fuerza ideológica que muchos le atribuyen. Su papel real fue de apoyo indirecto, mientras que la independencia dependió de circunstancias políticas, militares y sociales propias de cada territorio. Los mitos que rodean a los libertadores son más reflejo del imaginario colectivo y la propaganda de la masonería que de hechos documentados.
