Un cítrico que despierta emociones
El otoño no solo trae consigo cielos más grises y mañanas frescas, también nos regala uno de los frutos más esperados del año: la mandarina. Su aroma dulce, su sabor inconfundible y la facilidad con la que se disfruta la convierten en la reina indiscutible de los últimos meses. Esta pequeña “prima” de la naranja no solo alegra las mesas, también encierra una historia que viaja por siglos y continentes.

Raíces milenarias
Originaria de China, la mandarina ha sido parte de la cultura oriental desde hace siglos. En China y Japón, los registros más antiguos de su cultivo datan del siglo XVI, aunque se sospecha que su historia se remonta mucho más atrás. El recorrido de este cítrico hacia América comenzó hace más de 500 años: se cuenta que en 1518 la mandarina llegó a México para quedarse.
Hoy, nuestro país se posiciona como uno de los principales productores en América Latina, cultivándola en 20 estados, con Veracruz, Puebla y San Luis Potosí a la cabeza.
La temporada más esperada
La cuenta regresiva ya comenzó. En México, la temporada de mandarina arranca en octubre y se prolonga hasta febrero. El clima frío favorece su maduración, pero es el sol y el calor de gran parte del territorio lo que permite que crezcan jugosas, dulces y con un tamaño irresistible.
Más de una cara deliciosa
Aunque para muchos la mandarina sea “la mandarina y ya”, en realidad en México se cultivan principalmente cuatro variedades:
- Clementina: Pequeña, práctica y fácil de pelar. Aunque no es la más aromática, su popularidad es imbatible.
- Dancy: Intensamente dulce con un toque ácido. Su cáscara rugosa esconde una pulpa jugosa y llena de sabor.
- Satsuma: Ideal para climas fríos, se pela sin esfuerzo y encanta a quienes prefieren sabores suaves y dulces.
- Oro Valle: Única en su tipo en México: no tiene semillas, lo que la hace aún más cómoda de disfrutar.
Un fruto que es más que un antojo
La mandarina es mucho más que un dulce natural: es el anuncio de que el otoño está aquí y que el invierno se aproxima. Cada gajo es un recordatorio de que las estaciones no solo se sienten en el clima, sino también en el sabor de lo que llega a nuestra mesa.

