La maestra

Por: Josafat Tapia

Hace muchos años, al inicio del año escolar dentro de un salón de clases, se encontraba una maestra de primaria de nombre María Esther, al frente de sus alumnos de 5to. Grado.

En la fila de adelante se encontraba hundido en su asiento un niño llamado Raúl Soto, a quien María Esther conocía desde el año anterior y había observado que era un niño que no jugaba bien con los otros niños, que sus ropas estaban desaliñadas y constantemente necesitaba un baño. Con el paso del tiempo, la relación de la Maestra con Raúl se volvió desagradable.

Llegó al punto que sentía gusto al marcar sus tareas con taches en color rojo y notas que decían “mal”. Un día, en la dirección le pidieron a la Maestra María Esther revisar los expedientes anteriores de cada niño de su grupo y ella puso el de Raúl hasta el final; sin embargo, cuando revisó su archivo, se llevó una gran sorpresa.

La maestra de primer grado escribió: “Raúl es un niño brillante con una sonrisa espontánea. Hace sus tareas limpiamente y tiene buenos modales; es un deleite tenerlo cerca”.

Su maestra de segundo grado escribió: “Raúl es un excelente alumno, apreciado por sus compañeros pero tiene problemas debido a que su madre tiene una enfermedad incurable y su vida en casa debe ser una constante lucha”.

Su maestra de tercer grado escribió: “La muerte de su madre ha sido dura para él. Él trata de hacer su máximo esfuerzo pero su padre no muestra mucho interés y su vida en casa le afectará pronto si no se toman algunas acciones”.

Su maestra de cuarto escribió: “Raúl es descuidado y no muestra mucho interés en la escuela. No tiene muchos amigos y en ocasiones se duerme en clase”. En este momento la Maestra María Esther se dio cuenta del problema y se sintió apenada consigo misma. 

Al llegar la Navidad, todos los alumnos le llevaron sus regalos envueltos, en papeles brillantes y preciosos listones, excepto el de Raúl; su regalo estaba torpemente envuelto en el pesado papel café que tomó de una bolsa de pan.

Algunos niños comenzaron a reírse cuando ella encontró dentro de ese papel una pulsera a la que le faltaban algunas piedras y la cuarta parte de un frasco de perfume. Pero ella minimizó las risas de los niños cuando exclamó… ¡Que pulsera tan bonita!, poniéndosela y rociando un poco de perfume en su muñeca.

Raúl  se quedó ese día después de clases solo para decir: “Maestra, hoy usted olió como olía mi mamá”.

Después de que los niños se fueron, ella lloró por largo rato. Desde ese día María Esther renuncio a enseñar solo lectura, escritura y aritmética; en su lugar, comenzó a enseñar valores, sentimientos y principios a los niños.

Le tomó especial atención a Raúl. A medida que trabajaba con él, su mente parecía volver a la vida, mientras más lo motivaba, más rápido respondía. Al final del año Raúl se había convertido en uno de los niños más listos del grupo y se volvió uno de sus consentidos.

Un año después, ella encontró una nota de Raúl debajo de la puerta del salón, diciéndole que ella era la mejor maestra que había tenido en su vida.

Pasaron seis años antes de que recibiera otra nota de Raúl; él entonces le escribió que ya había terminado la preparatoria, había obtenido el tercer lugar en su clase, y que ella todavía era la mejor maestra que había tenido en su vida. 

Cuatro años después, recibió otra carta, diciéndole que no importando que en ocasiones las cosas habían estado duras, él había permanecido en la escuela y pronto se graduaría de la Universidad con los máximos honores, y aseguró a María Esther que ella aún era la mejor maestra que él había tenido en toda su vida.

Luego pasaron otros cuatro años, y llego otra carta, esta vez le explicó que después de haber recibido su título universitario, decidió ir un poco más allá. Y le volvió a reiterar que ella aún era la mejor maestra que había tenido en toda su vida. Solo que ahora, su nombre  era mas largo y la carta estaba firmada por el Dr. en ciencias Raúl Soto Martínez.

El tiempo siguió su marcha y en una cata posterior Raúl le decía que había conocido a una chica y que se iba a casar. Explicó que su padre había muerto hacía 2 años y le preguntaba si accedería a sentarse en el lugar que normalmente está reservado para la mamá del novio.

Por supuesto que accedió. Para el día de la boda ella uso aquella pulsera con varias piedras faltantes y se aseguró de usar el mismo perfume con que Raúl recordó a su mamá en aquella Navidad.

Ellos se abrazaron y el Dr. Soto susurró al oído de la Maestra María Esther, “Gracias por creer en mi. Muchas gracias por hacerme sentir importante y por enseñarme que Yo podía hacer la diferencia”.

María Esther, con lágrimas en sus ojos, le susurró de vuelta diciéndole, “Raúl, estás equivocado, fuiste tú el que me enseño que Yo podía hacer la diferencia. No sabía como enseñar, hasta que te conocí”.

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