LA INGENIERÍA EN LA ARQUITECTURA

Ingeniero, eterno rival del arquitecto o complementario. Indispensables uno del otro, entre amigos y rivales. Hoy hablemos de los «Inges». ¿Recuerdan este comercial?

—¿Oiga, usted es el ingeniero?
—No, ahorita soy pasante de ingeniero.
—¿Y por qué está aquí?
—Por solidaridad. Es en respuesta a todos nosotros los pasantes, a nuestra gente.
—¿Oiga, y cuánto gana?
—Ahora Solidaridad nos da becas a los futuros profesionistas para que hagamos nuestro servicio social.
—¿Nada más?
—¡Ya cállate que estoy hablando con él! No ayudamos de manera efectiva a quien más lo necesita, y trabajando unidos podemos progresar.
—¿Oiga, sabe qué voy a ser cuando sea grande?
—No, dime, ¿qué vas a ser?
—¡Yo voy a ser pasante de ingeniero! ¿Y tú?
—¿Yo? Pasante de ingeniero.

“SOLIDARIDAD, UNIDOS PARA PROGRESAR”

Sin duda, un gran comercial del presidente Carlos Salinas de Gortari, en el cual los apoyos se daban a residentes en formación. Recordemos que la ingeniería nace antes que la arquitectura, y no por ello es más importante. Pese a todos los avances que ha tenido la ingeniería, es notable su labor. ¿Es importante? Sí, como también lo es el diseño. Es ahí donde la mancuerna entre ambos se realiza para lograr grandes obras de talla internacional.

La ingeniería precede a la arquitectura porque, antes de diseñar estructuras complejas, los humanos tuvieron que aprender a manipular materiales, construir refugios rudimentarios y desarrollar sistemas básicos de irrigación y defensa. La Revolución Neolítica (alrededor del 10,000 a.C.) marcó un punto clave, ya que permitió el paso de sociedades nómadas a sedentarias, lo que impulsó el desarrollo de técnicas de construcción y planificación.

La arquitectura, por otro lado, surge cuando las civilizaciones comienzan a diseñar espacios habitables con un propósito más estructurado y estético. En culturas como la egipcia y la mesopotámica, la ingeniería y la arquitectura evolucionaron juntas, pero fue la ingeniería la base que permitió la construcción de templos, palacios y ciudades.

Grandes ingenieros han demostrado la importancia de su labor dentro de la obra. Eso es lo que nos atrae a este artículo, como a muchos otros donde hemos destacado la relevancia de la ingeniería en la arquitectura, pues uno sin el otro no pueden existir: son complementarios. Y sí, me refiero al ingeniero y al arquitecto, rivales por “carrilla” de quién es mejor. Sería interesante hacer un palíndromo entre ambos, ya que sus logros se reflejan de derecha a izquierda y de izquierda a derecha en obras notables de gran ingenio.

La palabra «ingeniería» proviene del latín ingenium, que significa “ingenio”, “inteligencia” o “capacidad para producir”. El sufijo “-ería” indica una actividad o profesión relacionada con ese ingenio.

Un ejemplo de este ingenio, y cuya obra es más que representativa, es Gustave Eiffel.

El diseño de la Torre Eiffel fue fruto de pormenorizados análisis a cargo de unos 40 ingenieros y delineantes, quienes realizaron 700 planos de conjunto y 3,600 dibujos de taller. La primera preocupación de los ingenieros era evitar que la torre volcara, lo que se logró mediante el trazado campaniforme de sus cuatro pilares, que le proporcionan estabilidad.

Las 7,341 toneladas de peso de la torre quedaron así firmemente asentadas. La segunda preocupación era evitar que la torre se deformara (o se balanceara) en exceso por la acción del viento, por lo que debía tener una estructura de elevada rigidez. Esto se consiguió mediante dos recursos: la conexión de los cuatro grandes pilares mediante una viga de celosía a la altura de la primera planta y un sistema de triangulación.

Gustave Eiffel no solo creó esta magnífica torre, también diseñó las esclusas del Canal de Panamá, la estructura de la Estatua de la Libertad —la réplica que Francia regaló a Estados Unidos— y, por supuesto, obras en México como el Palacio de Hierro en Orizaba, la Iglesia de Santa Bárbara en Santa Rosalía, y el Puente de Fierro en Ecatepec, así como un quiosco en Cuernavaca, Morelos.

Mientras en Europa se construía esta maravilla, en México, 60 años después, se replicaría un sistema de cimentación similar pero con mayor precisión, creado por el Arq. Augusto H. Álvarez junto con el ingeniero especialista en mecánica de suelos Leonardo Zeevaert Wiechers, el director de obra Ing. Adolfo Zeevaert, y el consultor antisísmico Nathan Mortimore Newmark, para levantar la Torre Latinoamericana, el edificio más alto fuera de Estados Unidos en su época.

Ubicada en la esquina de Francisco I. Madero y Eje Central, en el Centro Histórico de la Ciudad de México, esta torre fue el primer gran edificio con fachada de cristal y aluminio en zona sísmica del mundo. Su losa de cimentación, en forma de cajón, se hunde 13.5 metros, flotando sobre un sistema de pilotes de concreto de 34 metros de profundidad, soportando 25,000 toneladas. Tiene 3 sótanos, 44 pisos y una antena que eleva su altura total a 181.33 metros.

Su resistencia quedó demostrada durante los sismos del 28 de julio de 1957 (magnitud 7.7), del 19 de septiembre de 1985 (8.1 grados), y en años posteriores como 2007, 2012, 2017, 2018 y 2020. Fue reconocida por el American Institute of Steel Construction como «el edificio más alto que jamás haya sido expuesto a una enorme fuerza sísmica».

Y no podemos cerrar sin mencionar a grandes ingenieros mexicanos como Luis Barragán, Ricardo Legorreta, Jorge Matute Remus, Heberto Castillo, y destacadas mujeres como Dolores Rubio Dávila, Ángela María Alessio Robles y Cuevas, y Concepción Mendizábal Mendoza, la primera ingeniera civil titulada en México (1930), quien proyectó una torre elevada de concreto armado con mirador.

Ángela Alessio, por su parte, dirigió la planificación urbana del entonces Distrito Federal en los años cuarenta, participando en la construcción de la Torre Latinoamericana, el Autódromo Hermanos Rodríguez, el Centro Médico La Raza y múltiples vialidades y unidades habitacionales. Fue nombrada “Mujer de la Década” en los años setenta.

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