
París / Londres. – El tenis tiene un origen mucho más oscuro de lo que sugiere la imagen actual de partidos en Wimbledon. En el siglo XVI, el jeu de paume se jugaba con pelotas duras de cuero y relleno improvisado que podían causar graves lesiones. Este deporte real, conocido en Inglaterra como real tennis, atrajo a monarcas y cortesanos, convirtiéndose en un símbolo de estatus y habilidad.
La práctica no estaba exenta de riesgos. En 1316, Luis X falleció tras un partido agotador; en 1536, el delfín de Francia murió tras un partido intenso, y su secretario fue ejecutado pese a la evidencia de causas naturales. Estos incidentes reflejan la intensidad y peligrosidad de un deporte que ponía a prueba no solo la destreza, sino también la resistencia física de los jugadores.
Las canchas reales se multiplicaron en toda Europa, y los juegos se convirtieron en eventos sociales y diplomáticos. Los embajadores observaban cada movimiento, y los reyes competían ante sus cortes y aliados. La historia del tenis demuestra cómo un juego que hoy se asocia con precisión y elegancia fue alguna vez un deporte de alto riesgo, capaz de cambiar destinos incluso en la realeza.
Afortunadamente, la versión moderna del tenis ha transformado la práctica en un deporte seguro, con reglas, pelotas estandarizadas y superficies controladas, dejando atrás los peligros mortales del pasado.
