El portero

Por: Josafat Tapia Castillo

No había en aquel pueblo un oficio con peor reputación y peor pagado que el de portero de un hotel de paso… Pero ¿qué otra cosa podría hacer aquel hombre?
De hecho, nunca había aprendido a leer ni a escribir, no tenía ninguna otra actividad ni oficio. En realidad, era su puesto porque su padre había sido el portero de ese hotel y también antes, el padre de su padre.
Durante décadas, el hotel se pasaba de padres a hijos y la portería se pasaba de padres a hijos.
Un día, el viejo propietario murió y se hizo cargo del hotel un joven con inquietudes, creativo y emprendedor. El joven decidió modernizar el negocio.
Modificó las habitaciones y después citó al personal para darle nuevas instrucciones, al portero le dijo:
– A partir de hoy usted, además de estar a cargo de la puerta, anotara la cantidad de parejas que entran día por día. A una de cada cinco, le preguntará cómo fueron atendidas y qué corregirían del lugar. Y una vez por semana, me presentará por escrito los comentarios que usted crea convenientes.
 -El hombre tembló, nunca le había faltado disposición para el trabajo pero…
– Me encantaría satisfacerlo señor – balbuceó- pero yo… yo no sé leer ni escribir.
-¡Ah! ¡Cuánto lo siento! Como usted comprenderá, yo no puedo pagar a otra persona para que haga esto y tampoco puedo esperar hasta que usted a prenda a escribir, por lo tanto…
– Pero señor, usted no me puede despedir, yo trabajé en esto toda mi vida, también mi padre y mi abuelo… 
No lo dejo terminar.
-Mire, yo comprendo, pero no puedo hacer nada por usted. Lógicamente le vamos a dar una indemnización, esto, es una cantidad de dinero para que tenga hasta que encuentre otra cosa. Así que, lo siento. Que tenga suerte.
Y sin más,  se dio vuelta y se fue.
El hombre sintió que el mundo se derrumbaba. Nunca había pensado que podría llegar a encontrarse en esa situación.  Llegó a su casa, por primera vez, desocupado. ¿Qué hacer?.
Recordó que a veces en el hotel cuando se rompía una cama o se arruinaba una pata de un ropero, él con un martillo y clavos se las ingeniaba para hacer un arreglo sencillo y provisorio. Pensó que ésta podría ser una ocupación transitoria hasta que alguien le ofreciera un empleo.
Buscó por toda la casa las herramientas que necesitaba, sólo tenía unos clavos oxidados y una pinza mellada. Tenía que comprar una caja de herramientas completa. Para eso usaría una parte del dinero que había recibido.
Pero en su pueblo no había una ferretería, y debería viajar dos días en mula para ir al pueblo mas cercano a realizar la compra. ¿qué mas da?, pensó, y emprendió la marcha.
A su regresó, traía una hermosa y completa caja de herramientas. No había terminado de quitarse las botas cuando llamaron a la puerta de su casa. Era su vecino.
– Vengo a preguntarle si no tiene un martillo para prestarme.
-Mire, sí, lo acabo de comprar pero lo necesito para trabajar… como me quede sin  empleo 
– Bueno, pero yo se lo devolvería mañana bien temprano.
– Esta bien.
A la mañana siguiente, como había prometido, el vecino toco la puerta.
– Mire yo todavía necesito el martillo. ¿Por qué no me lo vende?
– No, yo lo necesito para trabajar y además, la ferretería está  a dos días de mula.
-Hagamos un trato – dijo el vecino. Yo le pagaré a usted los dos días de ida y los dos días de vuela, más el precio del martillo, total usted esta sin trabajar. ¿Qué le parece?.
Realmente esto le daba trabajo por cuatro días…. Acepto.
Volvió a montar su mula.
Al regreso otro vecino lo esperaba en la puerta de su casa.
         – Hola vecino. ¿Usted le vendió un martillo a nuestro amigo?
– Sí…
– Yo necesito unas herramientas,  estoy dispuesto a pagarle sus cuatros días de viaje y una pequeña ganancia por cada herramienta. Usted sabe, no todos podemos disponer de cuatro días para nuestras compras.
El exportero abrió su caja de herramientas y su vecino eligió una pinza, un destornillador, un martillo y un cincel. Le pagó y se fue.
“… No todos disponemos de cuatro días para hacer comparas”, recordó.
Si esto era cierto, mucha gente podría necesitar que él viajara a traer herramientas.
En el siguiente viaje decidió que arriesgaría un poco del dinero de la indemnización, trayendo más herramientas de las que había vendido. De paso podría ahorrar algún tiempo en viajes.
La voz empezó a correrse por el barrio y muchos quisieron evitarse el viaje. Una vez por semana, viajaba y compraba lo que necesitaban sus clientes.
Pronto entendió que si pudiera encontrar un lugar donde almacenar las herramientas, podría ahorrar más viajes  y ganar más dinero, lo alquiló.
Luego le hizo una entrada más cómoda y después una vidriera,  el lugar se transformo en la primera ferretería del pueblo. 
Ya no viajaba, de la ferretería del pueblo vecino le enviaban sus pedidos.  Él era un buen cliente.
Con el tiempo todos los compradores de pueblos pequeños más lejanos, preferían comprar en su ferretería y ganar dos días de marcha.
Un día se le ocurrió que su amigo el tornero podría fabricar para él las cabezas de los martillos.
Y luego, ¿por qué no?, las tenazas, y las pinzas y los cinceles. Y luego fueron los clavos y los tornillos.
En diez años aquel hombre se transformo con honestidad y trabajo en un millonario fabricante de herramientas. El empresario más poderoso de la región. 
Tan poderoso era, que un año para la fecha de comienzo de clases, decidió donar a su pueblo una escuela. Allí  se enseñarían, además de lectoescritura, artes y oficios.
El intendente y el alcalde organizaron una gran fiesta de inauguración de la escuela y una importante cena de agasajo para su fundador.
El alcalde le entrego las llaves de la ciudad y el intendente lo abrazó y le dijo:
– Es con gran orgullo y gratitud que le pedimos nos conceda el honor de poner su firma en la primera hoja del libro de actas de la escuela.
– El honor sería para mí- dijo el hombre. Creo que nada me gustaría más que firmar allí, pero yo no se leer ni escribir. 
-¿Usted? – dijo el intendente, que no alcanzaba a creerlo. ¿Usted no sabe leer ni escribir? ¿Usted construyo un imperio industrial sin saber leer ni escribir? Estoy asombrado. Me pregunto ¿que hubiera hecho si hubiera sabido leer y escribir?
Yo se lo puedo responder -dijo el hombre con calma. 
Si yo hubiera sabido leer y escribir… ¡seria portero del hotel!

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