La noche que cambió la historia
Cuenta la tradición que, una noche lluviosa del 30 de junio de 1520, las tropas de Hernán Cortés abandonaron a toda prisa el palacio de Axayácatl, en la gran Tenochtitlán. Era una retirada caótica. Atrapados por la resistencia mexica, los conquistadores y sus aliados indígenas fueron diezmados en su intento por escapar hacia Tacuba. Aquel episodio histórico, que marcó una de las derrotas más contundentes de los españoles durante la Conquista, pasaría a la posteridad como la “Noche triste”.
Las cifras, según el propio Cortés, son impactantes: unos 150 soldados españoles muertos, 45 caballos y yeguas perdidos y más de dos mil indígenas aliados aniquilados en el ataque. La leyenda dice que, tras reunirse con lo que quedaba de su ejército en la zona de Tacuba, Hernán Cortés se derrumbó emocionalmente bajo un gran ahuehuete, donde lloró su derrota. Ese árbol sería, desde entonces, conocido como el Árbol de la Noche Triste.

¿Historia o invención?
Aunque la imagen del conquistador abatido llorando bajo un árbol se convirtió en símbolo histórico y cultural, lo cierto es que el famoso ahuehuete jamás fue mencionado ni por Cortés ni por Bernal Díaz del Castillo, uno de sus cronistas más cercanos. La figura del árbol, como protagonista de ese episodio, comenzó a tomar forma más tarde, con una carga más simbólica que documental.
El reconocido arqueólogo Eduardo Matos Moctezuma ha reflexionado sobre esta ausencia. En su obra Mentiras y verdades en la arqueología mexicana, Matos plantea que probablemente fue Manuel Gamio quien popularizó la versión más emotiva del suceso, influyendo en el imaginario popular durante el siglo XX.
Un dato curioso respalda esta hipótesis: en una fotografía de los años cincuenta, se ve a Gamio narrando la historia del árbol a su joven sobrino, el futuro historiador Miguel León-Portilla. Para entonces, la tradición ya era parte del folclore urbano, aunque sin prueba definitiva de que ese ahuehuete hubiera sido testigo directo del llanto de Cortés.
Un símbolo que resiste el tiempo
A pesar de la incertidumbre histórica, el árbol —ubicado en Popotla— fue considerado por generaciones como un vestigio viviente del momento en que la conquista pareció tambalearse. Desde el siglo XIX existen registros de su presencia. El gran pintor José María Velasco lo inmortalizó en 1885 en su óleo El Árbol de la Noche Triste, y el historiador Manuel Rivera Cambas lo describió con lujo de detalle en su obra México pintoresco, artístico y monumental, publicada en 1880.
La historia de ese ahuehuete no estuvo exenta de dramatismo. En 1865, un personaje llamado Genaro Perogordo cortó un fragmento del árbol para enviarlo a España, donde hoy se conserva en el Museo Naval de Madrid. A partir de 1871 se hicieron diversos esfuerzos para protegerlo: se solicitaron lápidas al Panteón de Santa Paula, se usó fierro viejo de la antigua Cárcel de Belém y faroles en desuso para construir una reja que lo cercara.
Del abandono al homenaje
El siglo XX trajo consigo el olvido. A pesar de excavaciones lideradas por Gamio en 1909 y cuidados esporádicos, el árbol fue perdiendo fuerza. El golpe final llegó en 1980, cuando un corto circuito provocó un incendio que destruyó gran parte del tronco.
Sin embargo, su legado no se extinguió por completo. En 1997, en un acto simbólico, se colocó una placa conmemorativa junto a los restos del ahuehuete, y el árbol fue incluido en el catálogo de monumentos históricos del INAH. Para muchos, ya no es solo el Árbol de la Noche Triste. Desde 2021, también se le conoce oficialmente como el Árbol de la Noche Victoriosa, en un intento por resignificar aquel episodio desde la perspectiva indígena.
Así, entre memoria, historia y símbolo, este ahuehuete continúa de pie en la conciencia colectiva, como testigo mudo de un pasado que aún nos interpela.

