Opinión, Imagen Y Realidad
Se ha visto un auge de modas millennial donde resulta más redituable ser popular en redes sociales que tener estudios y vivir de una profesión u oficio. La sociedad nos ha impulsado a ser más consumidores de redes sociales y de eso que llaman «contenido», mucho del cual carece de valor o importancia. Esta popularidad, muchas veces, se consigue con material que en realidad no deja nada bueno. Y, en otras ocasiones, aunque el contenido puede ser positivo, no está bien fundamentado.
Algunos de estos contenidos provienen de profesionistas del mismo ramo o ámbito, donde el carisma vale más que el aporte real. Me refiero a los mal llamados “influencers” de esta nueva era: personas que, solo por tener alguna gracia –y muchas veces es solo eso, una frase pegajosa–, se catapultan al estrellato y la gente los aclama. Como aquel episodio de Los Simpson donde Bart, con su frase «yo no fui», se convierte en un éxito. A la gente no le importaba lo que hiciera, solo querían escucharlo decirlo: «¡Haz lo tuyo! Vamos, dilo: ‘yo no fui!’”, y explotaban los hurras, carcajadas y éxtasis ante una frase sin sentido.
¿En qué momento comenzamos a tomar como verdad absoluta la opinión de alguien X, ahora convertido en celebridad? Qué irónico que, si lo dice “el maistro Chicarcas”, porque es gracioso o “conoce”, ya se considere incuestionable. Y sin embargo, solo dos personas en México han ostentado legalmente el título de “Arquitecto” como distinción honoraria, debido a su impacto profesional, no por popularidad ni por redes sociales. Fue su trabajo lo que los llevó a ese reconocimiento.
Así, aunque el “maistro” sepa mucho, no tiene quién lo avale legalmente. Y si ocurre un problema serio, ¿a quién se responsabiliza? Supongamos que ganas una demanda: ¿con qué te va a pagar?, ¿cuánto tiempo se tardará en responderte?, ¿cuánto dinero y tiempo perderás? Tu proyecto quedará inconcluso, con gastos mal hechos y material desperdiciado.
A esto se suma la tendencia de influencers dando consejos de construcción. Venimos de una administración nacional donde el presidente fue, para muchos, un influencer. Su palabra era tomada como verdad incuestionable, y públicamente expresó que la ciudadanía debía contratar solo maestros albañiles para construir viviendas, que no se necesitaban arquitectos ni ingenieros. Además, pidió evitar a empresas o profesionistas del ramo porque, según él, “la mayoría eran corruptos”.
Comentarios como esos perpetúan la ignorancia y minimizan la importancia de estos profesionales en la construcción. Aunque el trasfondo fue político, aquí no es el tema. El punto es que legalmente no hay regulación sobre lo que dicen estos influencers. Ellos deberían hacerse responsables de su contenido. Pero esto es como las instrucciones de un producto de construcción: te dan cantidades aproximadas, sin especificar que pueden variar según la región, el clima o la calidad del agua (si contiene sales, nitritos, etc.). Lo mismo ocurre con la arena, que si tiene mucho calcio puede generar salitre.
Así es fácil salir a grabar videos simpáticos o “graciosos” para explicar cosas de forma coloquial, sin aclarar que para poder hacerlo así, tuvieron que estudiar al menos tres años o más. Algunos influencers hablan de arquitectura como si fuera un stand-up, mezclándola con temas ajenos, quitándole el rigor que merece.
En cambio, quienes sí construimos o participamos activamente en obra, nos jugamos el prestigio. Ponemos en juego nuestra cédula profesional porque hay una responsabilidad legal. En este gremio hay arquitectos de escritorio (dedicados al diseño, presupuesto, renderizado, etc.), y hay otros con mayor responsabilidad: quienes administran obra y coordinan equipos. También están los residentes de obra o supervisores: aunque estén en el mismo lugar, tienen funciones distintas. El residente ejecuta, conoce materiales y procedimientos; el supervisor verifica que todo se cumpla según normativas, reglamentos y leyes.
Alejandro Calvillo, director general de El Poder del Consumidor, ha dicho: “Lo más grave es que todos los mensajes se presentan como recomendaciones personales, siendo que en realidad se trata de publicidad por la que el o la influencer recibe una remuneración. Esto representa un engaño, porque existe un principio de autenticidad de la publicidad: la audiencia debe saber que se trata de publicidad.”
Un ejemplo concreto es el de un colega famoso de la ciudad de Treviño. No es algo personal contra Juve Studios. Es solo una opinión imparcial, de arquitecto a arquitecto. Como diría aquella administración: “Hemos fallado como 3… o menos, como 5”. Nadie está exento de errores.
Un caso fue una escalera mal diseñada que representaba un peligro:
- Escalera sin diseño
- Barandal inseguro
- Reconocimiento del error: Juve3D Studio reconoció que el diseño no fue el más adecuado y tomó medidas para corregirlo.
- Lección aprendida: La importancia de la supervisión en construcción.
Otro caso: construcción en serie donde muestran un render con estructura metálica solo en esquinas y marcos. Se afirma que “únicamente se ponen varillas” sin especificar número ni técnica. Se olvida que casas Infonavit sí cuentan con supervisión, y se usan varillas ¼”, 5/16” o 3/8”, a distancias técnicas y ahogadas en concreto F’c 250 kg. Las hiladas de block se refuerzan con escalerilla cada tres, para evitar grietas por asentamiento o carga.
Esto es supervisado por el residente, la constructora y el Infonavit, y va acompañado de un sistema de calidad.«La arquitectura no se mide en seguidores, sino en responsabilidad.
La popularidad influye, pero solo el conocimiento construye.»
