
Lo que comenzó como un encuentro breve y cordial entre Brad Burton y Sam Wall terminó convirtiéndose en un largo calvario de acoso en línea. Wall, quien conoció a Burton durante un taller y grabó un testimonio positivo, inició años después un ataque sistemático en redes sociales, acusándolo de manipulación, abuso y otros delitos inexistentes.
Durante cuatro años, Wall utilizó plataformas como LinkedIn, Facebook, Instagram y X para difamar a Burton y a otros, incluyendo a la empresaria Naomi Timperley. Las acusaciones eran detalladas y extensas: algunos mensajes llegaban a las 20.000 palabras, alegando incluso que Burton había estado encarcelado y acosando a Wall durante diez años. Para refutarlo, Burton tuvo que mostrar fotos que demostraban que estaba libre y presente en eventos públicos.
El acoso no se limitó a personas conocidas. Justine Wright, quien solo tuvo un breve empleo con Wall, también fue víctima durante más de diez años. Wall enviaba correos electrónicos extensos y mensajes en los que acusaba a sus víctimas de conspirar y cometer delitos graves. Rory Innes, de la organización Cyber Helpline, asegura que este tipo de casos son frecuentes y devastadores, afectando la vida de cientos de miles cada año.
Wall se declaró culpable ante el Tribunal de Magistrados de Manchester, pero su sentencia aún no se ha definido y podría enfrentar prisión. Su equipo legal mencionó una enfermedad mental delirante crónica como factor relevante. Mientras tanto, las plataformas digitales no han retirado los mensajes abusivos, y la policía enfrentó dificultades para actuar frente a los acosos.
Brad Burton, pese a la experiencia, expresa su perdón hacia Wall: “Espero que reciba la ayuda que necesita”. Su historia resalta el peligro de la difamación en línea, la vulnerabilidad de las víctimas y la necesidad de mayor comprensión y acción frente al acoso digital.
