
La riqueza de la Iglesia católica sigue siendo un tema que fascina y genera controversia. Históricamente envuelta en secreto, la Santa Sede ha comenzado a transparentar sus finanzas bajo el pontificado del papa Francisco, fallecido recientemente, con la publicación de los balances de la Administración del Patrimonio de la Sede Apostólica (Apsa), entidad encargada de gestionar inversiones y propiedades desde 1967.
El último informe disponible, de 2023, indica que el Vaticano obtuvo un beneficio de más de US$52 millones y un incremento de activos de casi US$8 millones. No obstante, el patrimonio total sigue sin conocerse públicamente; solo los activos financieros del Banco del Vaticano alcanzan casi US$1.000 millones, sin incluir bienes inmuebles. Entre las más de 5.000 propiedades del Vaticano, alrededor del 20% generan ingresos de alquiler que aportan US$84 millones anuales, con un beneficio neto cercano a US$40 millones.
El origen de esta riqueza se remonta al siglo IV, cuando Constantino hizo del catolicismo la religión oficial del Imperio romano. A partir de entonces, la Iglesia pasó de ser perseguida a convertirse en receptora de donaciones de gobernantes y familias poderosas, acumulando tierras, palacios y oro. En los siglos posteriores, los Estados Pontificios consolidaron aún más esta fortuna, convirtiendo al papado en una autoridad política y religiosa de primer orden.
Hoy, la Santa Sede se financia a través de donaciones de fieles, turismo y administración de inversiones. Su patrimonio incluye museos, bibliotecas, universidades, hospitales y palacios, así como propiedades extraterritoriales en Italia y otros países. Entre los activos más conocidos están la Basílica de San Pedro, los Museos Vaticanos, la Capilla Sixtina y la Biblioteca Apostólica.
En Alemania, la Iglesia percibe fondos a través del impuesto eclesiástico, alcanzando unos US$7.400 millones en 2023, mientras que en Estados Unidos las donaciones privadas suman alrededor de US$10.000 millones anuales. Brasil, con el mayor número de católicos, obtiene ingresos sustanciales del turismo religioso, especialmente en el Santuario de Aparecida.
A pesar de estas cifras, el papa Francisco ha promovido la austeridad y el uso responsable de los recursos, recordando que el dinero no debe ser un fin en sí mismo, sino un medio para sostener la obra de la Iglesia y ayudar a los más necesitados. La transparencia y la rendición de cuentas siguen siendo desafíos en una institución cuya influencia se extiende por todo el planeta.
