
Lo que parecía un retiro idílico para Beverly Morris en Fayette, Georgia, se ha convertido en un desafío diario. A pocos metros de su casa, un enorme centro de datos de Meta mantiene en funcionamiento la infraestructura digital de redes sociales, servicios bancarios y aplicaciones de inteligencia artificial. Para Morris, esto significa enfrentar interrupciones en su suministro de agua y tener que llenar cubetas para tareas básicas.
La empresa afirma que sus operaciones no afectan los pozos locales, citando estudios independientes. No obstante, los residentes continúan reportando problemas de presión y calidad del agua, con sedimentos visibles. «Mi casa ya no es el refugio que imaginé», comenta Morris.
Este conflicto refleja un fenómeno global. Los centros de datos, que albergan servidores esenciales para nuestra vida digital, requieren grandes volúmenes de agua para enfriar sus equipos. Especialmente los sistemas de enfriamiento por evaporación, que absorben y liberan calor de manera similar al sudor humano, consumen millones de litros en días calurosos.
El crecimiento exponencial de la inteligencia artificial y la demanda de servicios digitales han intensificado esta presión. Se proyecta que para 2027, el consumo hídrico de centros de datos impulsados por IA podría superar los 6.000 millones de metros cúbicos anuales.
Georgia se ha convertido en un foco de esta expansión por su clima y recursos hídricos. Sin embargo, el impacto sobre ríos y arroyos es palpable: aguas turbias y presencia de químicos utilizados en la construcción preocupan a organizaciones como Flint Riverkeeper. Para ellas, los beneficios económicos de los centros de datos no compensan los riesgos ambientales.
Al mismo tiempo, empresas como AWS buscan reducir su huella hídrica mediante la captación de agua de lluvia, el uso de aguas residuales y proyectos de restauración de cuencas. Aun así, cada solicitud a servicios de inteligencia artificial tiene un costo invisible en agua, multiplicado por millones de consultas diarias.
El profesor Rajiv Garg, experto en computación en la nube, asegura que los centros de datos seguirán creciendo y que la clave está en la sostenibilidad y la eficiencia tecnológica. Pero mientras se avanza hacia soluciones más verdes, residentes como Beverly Morris enfrentan las consecuencias más inmediatas: agua limitada, cambios en la vida cotidiana y un recordatorio de que la nube, aunque intangible, tiene efectos muy reales sobre nuestro entorno.
