
Desde Ana de Cléveris y su famoso retrato que conquistó a Enrique VIII hasta los perfiles cuidadosamente curados de apps modernas, la historia del cortejo está llena de señales visuales y códigos secretos. Durante la Regencia inglesa, los abanicos servían para enviar mensajes discretos entre pretendientes, mientras que aromas, regalos y cartas ayudaban a crear intimidad emocional.
En la época victoriana, las tarjetas de visita y retratos personales funcionaban como una especie de “perfil” que permitía causar una primera impresión potente, anticipando lo que hoy hacemos en redes y aplicaciones de citas. Más adelante, clubes y discotecas en Berlín ofrecían sistemas creativos para enviar mensajes a distancia, mezclando juego, discreción y diversión.
Incluso las comunidades LGBTQ+ recurrieron a símbolos secretos, como claveles verdes o joyas codificadas, para expresar afecto y encontrar pareja en contextos de represión. A lo largo del tiempo, el objetivo ha sido el mismo: comunicar interés, crear intimidad y mostrar identidad, adaptándose siempre a nuevas tecnologías y normas sociales.
