Aunque resulta impensable para muchas culturas, el consumo de carne de perro sigue siendo una práctica vigente en distintas partes del mundo, lo que ha generado un amplio debate sobre su legalidad, implicaciones éticas y el trato que reciben los animales involucrados. Si bien en la mayoría de los países esta acción es rechazada y hasta sancionada, en otros sigue tolerándose por costumbres o falta de legislación.

El médico veterinario zootecnista Raúl Ocadiz explica que más allá del impacto emocional que produce el pensar en un perro como alimento, esta práctica expone el alto grado de crueldad con el que suelen ser tratados estos animales. A diferencia de especies destinadas al consumo humano como bovinos o aves, los perros suelen ser sacrificados sin protocolos de bienestar, en condiciones violentas y con prolongado sufrimiento. Esto no solo representa un problema ético, sino también de salud pública, pues al no existir un sistema regulado para su crianza o consumo, se desconocen los riesgos sanitarios que pueden derivarse.
El origen del consumo de carne canina en algunos países tiene raíces históricas relacionadas con la escasez de alimentos durante guerras o crisis extremas. En esos contextos, esta práctica surgió como un recurso de supervivencia. Sin embargo, en muchas regiones terminó por integrarse en costumbres culinarias o rituales tradicionales que aún se mantienen vigentes, especialmente en zonas rurales o con menor presencia de regulaciones.

En cuanto a la legalidad, esta varía considerablemente según la nación. Por ejemplo, en China aún no existe una prohibición federal, aunque algunas ciudades han comenzado a restringirla. En Vietnam su consumo sigue activo, y en Corea del Sur se aprobó una ley para eliminar gradualmente la industria de carne de perro en un plazo de tres años. Por el contrario, países como Taiwán, Estados Unidos, India y gran parte de Europa ya han prohibido esta práctica bajo legislaciones de protección animal. En el caso de México, el Código Penal sanciona el maltrato animal y no existe ninguna regulación que permita legalmente el consumo de carne de perro, lo que en la práctica equivale a su prohibición.
Aunque el número de países que prohíben o restringen esta costumbre va en aumento, organizaciones defensoras de los derechos animales siguen exigiendo medidas más contundentes para erradicarla. Para muchos, los perros no solo son mascotas sino parte de la familia, y el respeto hacia ellos debería ser universal, independientemente de tradiciones o contextos culturales.
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