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A lo largo de la carrera hemos oído hablar de arquitectos prominentes, famosos por sus estilos, diseños y formas: Walter Gropius, Le Corbusier, Frank Lloyd Wright, Ludwig Mies van der Rohe, Norman Foster, Alvar Aalto, Frank Gehry, Peter Eisenman, Tadao Ando, Louis Kahn, Ricardo Bofill, Philip Johnson, David Chipperfield, Santiago Calatrava, Charles y Ray, entre otros. Pero pocos hablan de grandes arquitectos que, por no ser en su momento influencers, no obtuvieron fama de tal modo que sean reconocidos por sus aportaciones o edificaciones significativas. Muchos de ellos son desconocidos, y poco se sabe de sus obras o de quiénes fueron en realidad. Justo ahí, en este mes del padre, recordaremos a esos héroes sin capa —como hoy día se les nombra— y hablaremos de personas poco convencionales o famosas que lograron grandes hazañas en sus épocas.

Hablamos de Matute, y no nos referimos al policía de Don Gato y su pandilla, mucho menos a la banda de pop, sino a Jorge Matute Remus, el primer ingeniero que logró mover un edificio completo con todo y personal dentro, en México, en la ciudad de Guadalajara, en la década de los cincuenta. Este gran ingeniero logró mover el edificio de Telmex en tiempo récord de cinco días. Utilizó una estructura de madera y acero con 480 rodillos y 12 gatos hidráulicos, cortando primero los cimientos y colocando soportes temporales. Son datos que, por lo regular, o casi nunca, se mencionan. Tres años después inició su proyecto de distribución de agua de Chapala a Guadalajara, otro de sus grandes logros como ingeniero.

No obstante, otro de los edificios trasladados —aunque no en su conjunto, sino por partes— fue la Casa de la Cultura de Tlalpan. Fue diseñada en 1907 por el ingeniero Alberto J. Pani (tío de Mario Pani), como parte del proyecto de modernización del suministro de agua, impulsado durante la última etapa del gobierno de Porfirio Díaz. Labrada en piedra de chiluca, un material común de principios del siglo pasado, el diseño se apegaba a su función hidráulica primaria y, por lo tanto, exhibía motivos acuáticos, incluyendo serpientes, caracoles, tritones, tortugas y hasta una estatua del dios griego Neptuno.

Para no ser demolida y perder su arquitectura porfiriana, fue desmantelada para trasladarse piedra por piedra a su nueva ubicación. Estuvo olvidada por tres décadas y oculta por once años, hasta que fue reinaugurada en 1988 por el arquitecto Pedro Ramírez Vázquez.

De ahí nos vamos a la actualidad. Otro de los movimientos más emblemáticos en México es el de la Casa Austin, también conocida como Casa O’Hea. El origen de esta casona del siglo XX se remonta a 1929. Un empresario inglés de nombre Sir Patrick O’Hey encargó el proyecto a los arquitectos Teodoro K. Urrea y Joaquín Capilla, con el objetivo de regalársela a su esposa, Eileen Austin, como muestra de amor. Desafortunadamente, no llegó a ver la obra terminada, pues falleció antes.

El portal especializado en arquitectura, Arch Daily, detalló que la Casa Austin fue removida gracias al reforzamiento de su estructura con placas de acero y tensores, mientras se construía una base de concreto debajo de ella, lo que permitió moverla en bloque a través de gatos hidráulicos y un sistema de rieles.

La pregunta que aquí surge es: ¿saldría más caro pagar la demolición por daño colateral o copiar la técnica de Matute y ser recordados en la historia por rehacer la técnica?

¿Quién dijo que te iban a regalar tu título sin estudiar, que para ser arquitecto se tenía que estudiar? Pues, ¿qué creen? Hay dos grandes arquitectos líricos que no requirieron de libros para obtener el grado. Solo dos personas en México, y son orgullosamente de Zacatecas.

Uno de los máximos representantes de la arquitectura tradicional fue el alarife Refugio Reyes Rivas, nacido en la ranchería de Sauceda de la Borda. Comenzó sus pininos en las obras de la capilla de Nápoles, en Guadalupe, Zacatecas, a un costado del convento franciscano —hoy el Museo del Virreinato—, una capilla de estilo art déco, única en su tipo y recubierta en oro. Desde aprendiz, llegó a convertirse en maestro de obras, realizando grandes construcciones como el Gran Mercado de Zacatecas y la Torre del Reloj del convento franciscano de Guadalupe, Zacatecas. Se trasladó a la ciudad de Aguascalientes para edificar el Templo de San Antonio hacia 1896.

En sus construcciones, maneja en perfecta armonía formas góticas, románicas, bizantinas, prehispánicas, barrocas, mozárabes y art nouveau, aunque sin sujetarse estrictamente a sus reglas ni cánones.

En 1897 construyó la Capilla y la Casa de la Hacienda Porfiriana El Soyatal, notables y originales por su ejecución y concepción espacial. El 18 de junio de 1902 comenzó las obras del Templo de la Purísima Concepción y el Castillo Douglas.

Aquí tienes el texto corregido ortográficamente, manteniendo la redacción original en lo posible y mejorando la puntuación y claridad:

Otro gran arquitecto lírico es Dámaso Muñetón, oriundo de Villanueva y lugareño de Jerez de García Salinas, Zacatecas. Se destacó, al igual que Cuco Reyes, por su gran desempeño como cantero de profesión. Realizó importantes aportaciones a la arquitectura en diversos estilos: desde el barroco hasta el churrigueresco, el mudéjar o el italiano.

Gracias a su conocimiento y oficio, desarrolló grandes proyectos, entre los que destaca la construcción de la Torre Norte de la Catedral de Zacatecas, concluida en 1904. Entre 1881 y 1932, se le atribuyen logros notables: 7 capillas nuevas, 2 reformadas, 50 altares nuevos, 3 altares reformados, 2 colegios, 3 escuelas, 5 torres nuevas, 1 torre terminada (la de la Catedral), 2 cúpulas, 2 bodegas o almacenes, 5 tiendas de comercio, 17 casas particulares, 3 quioscos, 3 pórticos, 8 monumentos, 4 pararrayos, 1 presa nueva, 1 presa continuada, 1 rastro, una estación terminal (la de Saltillo), 1 baño, 3 mercados y un puente.

Dato curioso: durante la primera intervención en la Torre Sur de la Catedral, específicamente en la restauración de la linternilla, se enfrentó un gran reto: las piezas no encajaban. No existían planos ni dibujos originales, y debido al desgaste de la piedra, las propuestas del INAH y de Obras Públicas no lograban coincidir. Esto llevó a largas jornadas de análisis y planteamientos. Finalmente, un arquitecto zacatecano —quien también es escritor— logró que las piezas encajaran, no exactamente como en el diseño original, pero sí con la simetría suficiente para devolverle a la linternilla su equilibrio visual.

Un diseño funcional es aquel que cualquier persona puede disfrutar a través de los cinco sentidos, incluso si se carece de alguno de ellos. Si logramos transmitir el concepto con claridad, entonces habremos alcanzado el verdadero éxito del diseño.

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